Bardenas Reales
Navarra tiene playas, bosques y montañas. También tiene un desierto.
La A-15 baja hacia el sur desde Pamplona y el paisaje lo dice todo: los verdes de la Cuenca se van apagando, los árboles espaciándose, la tierra volviéndose más clara. En hora y cuarto desde Ttipiaenea, la carretera termina en Arguedas y desde allí ya se ve: un horizonte de arcilla blanca, roca erosionada y cielo inmenso que no se parece a nada que hayáis visto antes en España.
Las Bardenas no se anuncian con pancartas. Se presentan solas, de golpe, cuando el coche cruza la verja de entrada al parque y el asfalto termina. A partir de ahí, polvo, silencio y un paisaje que el viento y la lluvia han tardado millones de años en esculpir.
El lugar más insólito de Europa occidental
Las Bardenas Reales son un semi-desierto de 42.000 hectáreas en el sur de Navarra: cañones de arcilla blanca, mesetas con bordes verticales, barrancos rojizos y formaciones erosionadas que parecen sacadas de una película del Oeste americano. No es metáfora: el paisaje bardenero ha aparecido en decenas de rodajes, desde anuncios de coches hasta series de televisión.
El símbolo del parque es el Cabezo de Castildetierra: una aguja de arcilla y roca coronada por un sombrero de piedra dura que la lluvia no ha podido disolver. La erosión trabajó durante siglos para esculpirla y sigue trabajando: dentro de unos miles de años, Castildetierra habrá desaparecido. Hoy todavía está ahí, sola en medio del llano, y la foto que le hacéis desde el mirador es de las que luego salen en el álbum del viaje.
Reserva de la Biosfera UNESCO desde el año 2000. En la Bárdena Blanca —la zona más visitada— los rebaños de ovejas siguen cruzando por la Cañada Real cada año, como han hecho durante siglos, y si tenéis suerte os los encontráis en el camino.
El parque que cambia con la hora del día
Las Bardenas son un parque diferente según cuándo se visitan. A primera hora de la mañana, la luz rasante tiñe la arcilla de naranja y las sombras de los cabezos se alargan sobre el suelo blanco. Al mediodía, el sol aplana el paisaje y hace brillar la sal de la tierra. Al atardecer, el Moncayo nevado aparece en el horizonte y el cielo se llena de colores que duran exactamente el tiempo justo.
Si podéis quedaros hasta la noche —y con base en Ttipiaenea podéis hacerlo sin sacrificar la cama—, las Bardenas tienen uno de los cielos más oscuros de la Península. La Vía Láctea se ve a simple vista en noches sin luna. Es el tipo de espectáculo que hace que la gente deje de hablar y se quede con el cuello doblado hacia arriba sin decir nada durante un rato.
Descansa en Ttipiaenea Landetxea
Las Bardenas dejan una sensación rara al salir: la de haber estado en un lugar que no pertenece del todo al mundo cotidiano. Los colores que véis durante horas —blanco, ocre, terracota, gris— os siguen en el coche de vuelta y tardan un rato en irse.
En hora y cuarto estáis en Ttipiaenea. La casa tiene otro valor después de un día en el desierto: la cocina verde, el jardín, el sonido del río Arakil al fondo. La ducha caliente. La cena. La chimenea encendida mientras fuera refresca la noche navarra. Hay días que piden exactamente eso como remate.